Juan Aguilar

Sabe de donde viene «pero no sabe hacia donde vá»

Enrique el Peregrino, una vida de contrastes, pasa por Hornachos camino a Guadalupe

«Cada uno tiene que ir haciendo su camino en la vida y ningún camino es igual, no es más que un instrumento para hacer el bien paso a paso»

Juan Aguilar
JUAN AGUILAR

Enseguida que lo vio la Hmna Emi sabía que Enrique era una persona especial, así que enseguida me llamó para comentarme de quien se trataba y que había detrás de Enrique una historia llena de contrastes.

Después de buscar por calles y plazas, y sabiendo que a las 8 y 30 de la tarde había misa, me dispuse a encontrar a esta persona en el átrio del paseo.

Anteriormente y preguntando ya me habían comentado varios vecinos de Hornachos que lo vieron el lunes de Pascua en la «romería de Retín», y también en las fiestas en honor a la Virgen de Botós de Puebla del Prior.

En el paseo le encontré hablando con una pareja joven que había conocido en esta población cercana a Hornachos, y también con otro vecino con familiares en esta localidad que lo habían conocido en su periplo por esta zona.

Como decíamos la vida de Enrique es una historia de «contrastes», ya que ha pasado de la velocidad de ser probador de Audi y Lamborghini y llevar camisas bordadas con sus iniciales, a caminar durante más de cinco años allá donde le lleve el camino, y a veces con su burro Espiritu Santo, «Espiri», como única pareja estable a pesar de que no es la única compañía. La soledad no es compañera de viaje, ya que en cada lugar encuentra a alguien donde compartir experiencias vitales, un trozo de pan y un cigarro que alguien le ha dado antes.

Muchos son los que se acercan a él, algunos durante unos minutos, otros durante horas, algunos incluso durante días, pero siempre la historia termina igual. «Cada uno tiene que ir haciendo su camino en la vida y ningún camino es igual», dice con la seguridad de que no es más que un instrumento para hacer el bien paso a paso.

La vida de Enrique dio un giro radical el día que tuvo un accidente de tráfico. Tras un año sin poder andar, la experiencia le cambio la vida y decidió que si algún día volvía a caminar su meta sería no dejar de hacerlo.

Natural de Peñarroya en la provincia de Córdoba, Enrique sabe de dónde viene pero nunca hacia dónde va y por eso la vida, a cada paso, a cada señal, va cambiando el rumbo de este hombre lúcido, de extraordinaria palabra y que irradia una sensación de libertad que escuchándolo hace que los demás odiemos los compromisos, los horarios y las prisas, aunque si tiene claro que «esta etapa de su viaje», la terminará en Guadalupe postrado ante la «Morenita».

Todo empezó en Tavira, al sur de Portugal, su destino era hacer el Camino de Santiago, pero allí se cruzó con un franciscano que le habló de Roma. Ahora esa es su meta a medio plazo. «El Papa tiene un crucifijo mío, se lo dieron y le dijeron que volvería a por él, y en esas estamos». De momento, este año, esa meta se ha quedado aparcada momentáneamente para acudir a Santiago, una vez más.

Sus compañeros de camino son un tubo de la cortina de una bañera como «bordón» en el que van atadas las pulseras y lazos de todos los que se encuentran con él, desde ayer también la de esta religiosa y otras monitoras de confirmación, una mochila en forma de carro donde guarda sus pocas pertenencias; y Espíritu Santo, un burro que le regalaron en Castellón, y del que se ha hecho inseparable. «Él me sirve un poco de pantalla ante la gente, se acercan a él y así me dejan a mi más tranquilo», aunque nos dijo que debido al frio de momento «su guardaespaldas», le espera en la provincia de Lugo.

Y es que el Enrique peregrino se ha convertido en todo un personaje con el que muchos quieren hacerse fotos. A todos los que se acercan a él sólo les pide una cosa: dejar un recuerdo, unas palabras en una de las decenas de cuadernos que ha ido acumulando durante estos cinco años. Todos los que han ido pasando por su vida, también desde ahora también nosotros, ahora van con él, recorriendo el camino.

No pide nada y lo que llega lo reparte entre los que se va encontrando. «Te das cuenta de que no hace falta tanto para poder vivir, yo antes necesitaba de todo: coches, relojes, móviles, dinero… ahora no necesito nada y no me falta de nada», asegura. Da lo poco que tiene y lo que da le retorna, de una forma u otra, siempre con creces. «Recuerdo un día que una chica me vio cogiendo una colilla del suelo para fumar y me dio su paquete de tabaco, quedaban tres cigarros, los compartí con dos chicos que estaban por allí, un hombre me vio y me compró un paquete entero». Siempre es la misma historia, sin necesidad de pedir, sólo dar para recibir o sin recibir nada a cambio sólo por el placer de hacer lo que le pide el cuerpo y el alma en ese momento.

Duerme en lo que, para él, es el mejor hotel del mundo: «uno de miles de estrellas», en Puebla del Prior nos dicen que durmió en una estrella situada en el centro de la plaza del pueblo, ha rechazado el ofrecimiento de esta pareja de Puebla del Prior y ésta persona de Hornachos para descansar en sus casas. El suelo es su refugio nocturno. «Cuando alguna vez duermo en cama me levanto destrozado», asegura. No sabemos anoche donde pudo dormir, aunque para él «eso es lo de menos». «Cuando llego a una ciudad o a un pueblo lo primero que hago es dar las gracias y lo segundo presentarme a la Policía Local para que sepan quién soy y con qué intenciones vengo. Que aunque soy peregrino entiendo que cualquiera que me vea tiene que flipar con las pintas que llevo». Y sin embargo Enrique va impoluto. «Sólo tengo un pantalón, unas botas que me regalaron hace unos meses y cinco camisas blancas que me cambio a diario», cuenta. Una fuente, un río, un cenacho con agua son su lavandería. Las duchas y el aseo personal llegan muchas veces sin pedirlas, en albergues de peregrinos, pero también ha dormido en plazas de toros, pabellones polideportivos, allá donde cualquiera se la ofrezca.

Cuando le preguntamos si no tiene miedo a que alguien le haga algo, enseguida nos dice, ¿miedo a qué?, no tengo nada así que nada puedo perder, sólo una vez me encontré en una situación complicada me dijo: un chico me sacó una navaja y le dije llévate el carro pero no vas a encontrar demasiado. Al rato vino con un tetra brick de vino, lo compartimos y le dije que lo que hacía no estaba bien. Me pidió perdón llorando. Esa es mi misión, para eso Dios me ha convertido en peregrino: para intentar cambiar de alguna forma la vida de los demás». Esa es su manera de entender la vida.

«El camino me da seguridad; él es, en principio, el que me marca por donde debo ir y luego son las señales las que me dicen si hay que seguir hacia adelante o dar media vuelta», cuenta. «Hay que estar atento a ellas, están por todas partes pero como la inmensa mayoría de la gente viven tan rápido que no os da tiempo a verlas», nos dice.

Cuando llega el invierno el Enrique peregrino se transforma de Superman y vuelve a casa, en Peñarroya donde tiene un hogar y tres nombres propios que le esperan cada Navidad, y uno más, un nieto «que está a punto de nacer», y que conocerá enseguida que llegue al mundo, ya que nos decía enseguida que esto suceda irán a recogerle «allí donde se encuentre en ese instante».

Sin móvil, ni mapa, ni GPS, sin agujetas, ni ampollas en los pies, sus pasos van abriendo un camino a nuevas experiencias, a nuevos conocimientos, a nuevas personas… dejando de lado lo que pesa en la mochila, lo que no es necesario, lo que sirve de poco y sobre todo, dejando una huella profunda en esos mundos ingrávidos y sutiles que poco tienen que ver con los que el resto de los humanos transitamos en nuestro día a día.